BIOGRAFIA
Sandro y Yo

Cacho Quiroga

 

Sandro manifestó publicamente: “Cachito Quiroga es mi amigo de la vida, desde chicos salíamos todos los días en bicicleta por el barrio
Armando “Cacho” Quiroga (C.Q.), el único sobreviviente de Sandro y los de Fuego, nos cuenta su íntima amistad con Roberto Sánchez. Pasajes de una historia desconocida en la vida del “Negro Roberto”.
C.Q.-Abel Bravo era nuestro representante, nos llevó al Canal 7, cuando estaba en la zona del Correo Central, a un programa bajo la conducción de Guillermo Brizuela Méndez, secundado por Pinki y Colomba. Era en vivo, hicimos un tema y nos echaron. En un festival en el Luna Park donde actuaban todos los consagrados de la época, Abel logró meternos; calculá todos de traje y corbata y nosotros nueva ola. Nos tiraron monedas y nos chiflaron de los cuatro costados. Roberto cuando a las corridas dejamos el escenario nos dijo: “Un día vamos a volver y llenaremos el estadio” Acaso fue una premonición.
Con el Negro Roberto nos criamos juntos en el mismo barrio, la misma calle de Valentín Alsina –Lanús-. Estudiamos en la misma escuela, la número 3. Humberto, mi padre, repartía pan, y Vicente, el padre de Roberto, repartía vino en damajuana, por lo que existía una relación comercial familiar.
Siempre bien empilchados de jóvenes íbamos a los bailes. Muchas tardes salíamos a dar serenatas a las pibas que habíamos apuntado la noche anterior. El Negro siempre fue ganador con las minas, tenía un aura especial con esa postura de galán romántico y respetuoso por demás. Una noche fuimos al sindicato Wilson, era el tiempo en que se sacaba a bailar con un cabezazo, Roberto sacó una chica que estaba sentada...
Primera formación de “Los de Fuego”
...cuando vemos que estaba solo en la pista, la piba era tan chiquita que no se la veía. El Negro se la bancó, bailó más de cuatro piezas con ella y la acompañó a su mesa, te imaginas como lo cargamos. Nos miró serio y nos dijo: “No se rían giles es una mujer”. Así era él.
Todas las tardes venía a casa, un conventillo de la calle Juan Farrel 1132, el vivía en la calle Choele Choel, El Negro tocaba la guitarra y yo la batería que me compró mi viejo en Casa América, de Avda. de Mayo. Entre los amigos del barrio estaban Lito Vázquez, Héctor Centurión y Carlitos Ojeda; todos con afición a la música; en primavera íbamos en colectivo al picnic, por lo general a las piletas de Ezeiza, o al parque de Lomas, y terminábamos el día en algún baile de Valentín Alsina.
Una tarde nos juntamos para formar un grupo, en el altillo de la casa de Lito en la calle Remedios de Escalada, allí ensayamos casi todas las noches, una bohemia inolvidable. Recuerdo como si la estuviera viendo la escalera que llevaba al alto, en esa escalera nació la ilusión. Roberto era apasionado por cantar boleros, “Cuando tú te hallas ido”, era su preferido. Cuando salíamos en bicicleta a recorrer el espinel, se la pasaba tarareando algún romántico de la época. Un día le dije:¡dale loco cambiá de dial!. No me dió cinco de bola.
“Los de Fuego” Cuando todo era un sueño
No éramos buenos músicos, apenas si dominábamos dos o tres tonos. Hacíamos ritmos de moda, con preferencia Rock. El nombre al grupo lo pusimos en mi pieza del conventillo de la calle Farrel. Sombrero de copa, fue el primero que tiramos. Yo dije: "Tiene que ser algo que suene fuerte que tenga fuego". Roberto Saltó: "Ya está, Los de Fuego”. Y así nacimos.
Empezamos a incursionar en Clubes de la zona como Victoriano Arenas. Sentimos y vivimos el aplauso como lo soñamos en aquella escalera de la ilusión. Y también desilusión. En el Club Valentín Alsina, donde fuimos habitué desde chicos, recuerdo que para un carnaval Roberto dibujó y pintó un mural que ocupaba toda una pared.
Una noche en “El Recreo” de Fiorito, lugar de hacha y tiza tanguero cien por cien, nos rajaron mal del escenario; volaron sillas y sifones. Con los instrumentos al hombro saltamos un tapial que daba a los fondos, cruzamos la vía del ferrocarril, cuando paramos Roberto preguntó: ¿Estamos todos vivos? Con ese humor que siempre lo caracterizó.
El día que el Negro cantó por primera vez fue por azahar, como si Dios hubiese puesto la mano sobre su cabeza. Y esa noche empezó todo.
Fue en “La Polonesa” de Valentín Alsina. Facheros, jóvenes, rockeros, las chicas y chicos del barrio nos seguían a todas partes. Esa noche después de cantar dos temas, Héctor Centurión, que era el cantor, se queda sin voz ¡nos queríamos matar! Héctor me dice: "Cantá vos Cacho". Yo dije: ¡No, que cante Roberto! "¡No,yo no entiendo ni jota de inglés! Dijo Roberto. Le dijimos: ¡Dále sanateá que aquí nadie entiende ni medio! "Está bien yo canto pero no me responsabilizo si vuelan sillas"; respondió Roberto con esa sonrisa que le salía de adentro. Fue de no creer. El Negro sanateó toda la noche y la gente se volvió loca. No podíamos bajar del escenario. Repetíamos los temas por qué apenas teníamos seis o siete.
Foto de estudio, empezábamos a ser conocidos.
De regreso al barrio Roberto nos dijo: “Esta noche la voy a llevar en mi corazón hasta el día que muera” El nombre “Sandro” también se da por azar, como signado por el destino. Lo acompañamos con Carlitos Ojeda a comprarse pilchas, en especial botas que siempre formaron parte de su atuendo; en una vidriera se exhibían pantalones vaqueros. Eran de última moda en esos años, En un maniquí se lucía uno marca “Sandro”. los memoriosos seguro lo recuerdan "¡Qué buen nombre!" Exclamó, y lo adoptó para siempre.
Una tarde nos fuimos a probar a CBS Columbia. Las discográficas eran el camino al éxito. ¡No tuvimos suerte! Meses más tarde insistimos, y esta vez nos dieron el sí. Los de Fuego tocamos el cielo con las manos. Llegamos a grabar cerca de doscientos temas. Un día el director nos llama y dice: “sólo tenemos interés en Sandro”. Fue un cimbronazo. De regreso al barrio los muchachos con el alma por el piso mostraron su descontento. Fue un golpe muy duro para el grupo. El Negro fiel a su estirpe nos animó: “Muchachos yo me debo a Los de Fuego lo que ustedes decidan está bien”. Esa noche nos quedamos los dos como tantas otras, a tomar mate. Le dije a Roberto: “Negro vos sos mi amigo desde los pantalones cortos. Yo estoy con vos, tenés que seguír solo, no podés perder esta oportunidad. Si tienen que ofenderse que se ofendan. Ya se les va a pasar. Me abrazó diciendo: “Gracias hermano”. Después todo es historia conocida. Algo que siempre lo marcó, es que supo separar los roles. Cuando grabó su primer disco, como Sandro; un sábado nos llamó a todos para reunimos el domingo en un bar de Valentín Alsina: “Quiero que sepan que Sandro cuando se saca las pilchas es Roberto, El Negro, o como puta ustedes quieran llamarme, no se lo olviden nunca en la vida”.

 

Roberto con no más de 16 años. (al lado) Foto tomada en mi pieza del conventillo. El bombo con esa especie de flores lo pintó Roberto.
Afiche de un show. Uno de los recuerdos que me queda de esa época (al lado) El negro con Nina su mamá.

 

En la casa de Banfield amasando Pizza
Un sábado a la noche en lo de Centurión organizamos un “Asalto”. Así se decía a los baile que se hacían en casa de familia. Los muchachos llevamos la bebida y las chicas se encargaban de la comida. Tortas, bocaditos etc. Como a las doce de la noche golpean la puerta con todo. Era el Negro, no sé como se había enterado: “Che manga de atorrantes no me dejen afuera”. Roberto estaba desatado, bailó, cantó, jodió toda la noche, las pibas no podían creer lo que estaban viviendo. Entre tantas cosas vividas con él. Con los primero pesos fuertes que agarró se compró una casa en la calle Oncativo, en Lanús, se los llevó a vivir a sus padres, tenía adoración por sus viejos. La noche que falleció Vicente, su papá, cuando llegué me abrazó llorando: “Cachito viste lo que me pasó, se me murió ni viejo”. María Elena, fue después de su mamá Irma (Nina), una mujer importante en su vida, La última vez que lo acompañé a un recital, junto a María Elena, en la trastienda del escenario, fue en el teatro Gran Rex, el espectáculo. En El Hombre de la rosa, él ya estaba enfermo. Hay cosas que no corresponde contar, no porque sean fuleras, simplemente son personales de un tiempo vivido con alegrías y tristezas.

 

 

Los de Fuego en la TV
“Che Cachito acompañame a repartir las damajuanas, así termino temprano y nos rajamos al baile”. Roberto Sánchez
Cacho contándonos esta historia
Cuando se aleja de María Elena, dejo de frecuentarlo en la casa de Banfield. Una noche como a las tres de la mañana me llama por teléfono para que lo vaya a ver. Me cambié, tomé el tren y fui. En la sala, el santuario de la música como solía llamarla, mientras tocaba el piano me dijo: “Cachito, el día que este muy enfermo no quiero que me vuelvas a llamar ni me vengas a ver, quiero que me recuerdes como mi amigo del barrio. El que junto salíamos a dar serenatas a las pibas”. Nunca antes hablé del tema. Hoy me quedan fotos personales junto a él. El afiche de “La Polonesa” el día que cantó en público por primera vez. Un casete que grabamos juntos en el altillo de la calle Remedios de Escalada, con canciones que nunca se escucharon ni grabaron. Y una imagen imborrable; cuando los sábado llegaba en la motoneta de reparto: “Che cachito acompañame a repartir las damajuanas, así termino temprano y nos rajamos al baile”. Se me hace difícil todo esto, el 29 de diciembre cumplí 70 años, y los recuerdos me sensibilizan más de la cuenta. Roberto fue mi hermano y toda nuestra historia la llevo en el corazón; sus amores, pasiones, sus sentimientos a prueba de todo. La casa de Banfield fue su lugar en el mundo. Roberto-Sandro; mi amigo, fue un tipo realmente feliz. Muchas cosas se han tejido de su vida sentimental, Desde su primer “filito” una chica de Alsina, conocí a todas sus “novias” y romances, de la primera a la última. Menos a Olga Garaventa, con quien no se presentó la oportunidad de relacionarnos. Desde siempre le gustaron las chicas rellenitas. Cuando pibes lo cargábamos por este tema nos retrucaba: “Giles, yo con los huesitos me muero de hambre”. Amores, Pasiones, Aventuras del Negro, son intimidades que por su memoria nunca daré a luz. Por una amistad que perduró toda la vida, y que dentro de mí nunca morirá.

 

 

Fotos de un cumpleaños de Roberto en la casa de Banfield junto a Los de fuego y sus esposas.
APUNTES
En la vida personal de Roberto Sánchez y Armando Quiroga, existió, si se quiere, una “ancestral” relación con Florencio Varela. María Elena es de Florencio Varela. El Club Varela Junior, cuando eran Sandro y los de Fuego, fue el lugar que estaba en sus preferencias para presentarse. Una noche se desmalló actuando en el escenario. Hay una placa fotográfica que archiva el suceso, tomada por Elbio Guío.
La foto que se muestra debajo de este párrafo, pertenece a una serie de cinco, tomadas en un vivero de “La Capilla”, lo llamativo de la misma es qué, el conocido vecino, “el Gordo Victorica” lo está refrescando. ¿Qué hacía Sandro en ese lugar? Tal vez… algún amor de juventud… Una noche en el Mástil, “Bicho Canasto”, Los de Fuego, estuvieron a punto de sufrir un grave accidente a causa de la niebla, instancia en que salieron todos magullados. Su relación sentimental con María Elena, lo hizo habitué de la ciudad (Zeballos). Estuvo presente en la fiesta de quince de la hija, y fue su padrino de casamiento. Su generosidad hacia ellos es sumamente conocida. Quiroga contrajo matrimonio con una chica de Varela, Ana María Pipa, su actual esposa con la que tuvieron una hija, siendo hoy abuelos de un nieto. Desde entonces vive en esta ciudad, donde continuó con su quehacer artístico cultural en la municipalidad local y radios de la zona.

Inédita placa fotográfica. El Gordo Victorica con a Sandro en el barrio La Capilla, durante un verano caliente de 1962.
Foto: Gentileza: Elbio Ghio

 

 

Casa de Teja

Nota: Jorge Fernández

Fotos: Colección privada de Armando Quiroga